Mercy Stories pubblicato in Oblates da Patrice Véraquin in Espagñol il 19-06-2016

Mi vínculo con Fernando M. Bargalló comenzó para el tiempo que me ordenó presbítero en el año 96 en Castelar. El tenía 39 o 40 años en ese tiempo. Algunos años después fue creada la Diócesis de Merlo-Moreno y él fue su primer joven obispo.

En estos días fue puesto en la picota a raíz de unas fotos que, vistas aisladamente, no dicen nada. Aunque parece que sí dicen. Tal vez parezca tirado de los pelos, pero viene al caso recordar que en el año 2005 a otro obispo le hicieron una cámara oculta -era otra situación y un tanto más “explícita”- y fue suficiente para enviar al ostracismo definitivo uno de los teólogos más importantes que vio este país. 

Un decálogo de misericordia
Padre Luis Costantion, omv

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Luis Costantino, omv

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Un decálogo de misericordia p. Luis Costantino omv Quiero compartir unas ramitas más al fuego de la reflexión y debate de estos últimos días, con la intención sincera de aportar algo, sin reiterar más de lo mismo e intentando no caer en lugares comunes. Espero de corazón que les sirva.

1- Mi vínculo con Fernando M. Bargalló comenzó para el tiempo que me ordenó presbítero en el año 96 en Castelar. El tenía 39 o 40 años en ese tiempo. Algunos años después fue creada la Diócesis de Merlo-Moreno y él fue su primer joven obispo.

2- En estos días fue puesto en la picota a raíz de unas fotos que, vistas aisladamente, no dicen nada. Aunque parece que sí dicen. Tal vez parezca tirado de los pelos, pero viene al caso recordar que en el año 2005 a otro obispo le hicieron una cámara oculta -era otra situación y un tanto más “explícita”- y fue suficiente para enviar al ostracismo definitivo uno de los teólogos más importantes que vio este país1 . En ambos casos lo que sucedió fue una hiperexposición; es decir, los “delataron”, no ante sus hermanos, familiares o amigos, sino ante el mundo entero (literalmente, pues es el mundo entero el alcance posible de los medios). Generalmente, esto sucede cuando hay una voluntad positiva de eliminar a alguien. Porque de lo contrario las cosas se manejan de otra manera, con humanidad. Como sucede en muchas familias. De hecho, casi no conozco familia -o persona- que no guarde algún “secreto”. Es decir, en muchos hay o hubo historias de infidelidades, mentiras, traiciones, rupturas... y cuyos protagonistas, por una simple cuestión de respeto, de amor o de “una oportunidad más” no han sido expuestos.
De todos modos, antes de entrar en el tema “eclesial” propiamente dicho, no puedo dejar de mencionar la violencia que se ejerció contra un ciudadano. Por parte de un alguien anónimo (una cámara) en connivencia con otro que presume de neutralidad (un medio de comunicación y un periodista). Todos sabemos que estas cosas no se improvisan: requieren decisión política, inversión económica y actores cómplices. El universo político y el mediático se acostumbraron a esta forma de eliminar personas. Ahora, me pregunto, ¿esta praxis no es despreciable? Y el discurso sobre las liberdades individuales y los derechos, ¿cómo se sostiene si cualquiera es vigilado tan descaradamente?

3- Se dice que lo que salió a la luz fue una fuerte incoherencia. Es cierto. O más o menos cierto. De todos modos, no me queda más margen que apelar a la Sagrada Escritura -no hay otra norma por sobre ella- para lograr comprender el discurso de la coherencia.
Deberíamos aceptar serenamente -dice Julio Cura- que el único plenamente coherente con su propia palabra es el Señor Jesús. El es la Palabra. El se identifica con su Palabra. No es sólo 1 En la Argentina del “matrimonio igualitario” todavía se sigue -desde el poder y los medios- estigmatizando a las personas por homosexuales. palabra dicha, sino que, además, es Palabra hecha carne, vida, historia, cultura... Sus gestos y sus palabras se entrecruzan y se explican mutuamente. Esta coherencia fue decodificada casi de inmediato por sus coetáneos como autoridad: “Les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.” (Mc 1,22). De ahí para abajo, todos tenemos jaqueada diariamente nuestra coherencia. Y mucho más quienes queremos ser discípulos del proyecto evangélico de Jesús. Nunca vamos a estar a la altura de lo que creemos y anunciamos. Siempre vamos a proclamar una palabra que no es nuestra, que nos supera, que nos abarca, que nos transforma. Que no pudimos inventar con nuestra mejor inteligencia ni necesitar desde nuestra peor indigencia.
Entonces, ¿qué cristiano podría presumir intimamente de ser ya plenamente coherente con el evangelio que predica? De todos modos, San Pablo invita a no aflojar: “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible. Así, yo corro, pero no sin saber adónde; peleo, no como el que da golpes en el aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado.” (1Co 9,24-27). La coherencia, en cristiano, no significa tanto haber ya asumido en la propia vida todo el evangelio, sino más bien estar en el camino. Están permitidos los tropiezos y las caídas, pero no abandonar la carrera.

4- Permítaseme un poco más de reflexión. En realidad, quisiera contemplar a Jesús y su praxis. Su latiguillo es más o menos el siguiente: “No vine a buscar al justo sino al pecador”. Otro más: “El médico no está para el sano sino para el enfermo”. Parece que esto lo repitió muchas veces. Hay que reconocer que entre los primeros cristianos no cayeron del todo bien estas sentencias. Porque si ésta es la norma, ¿qué clase gente se va a sumar al grupo de los cristianos? ¿Qué credibilidad va a tener la comunidad en medio de un mundo hostil si ella misma no llega a completar ni la “mitad del vaso”? ¿Quién va a creer en Jesús si ellos mismos no son personas significativas social o moralmente? Sin embargo, Jesús insiste en repetir la misma praxis: sumar entre los suyos más inmediatos a gente con “prontuario”.

5- Una vez, le trajeron a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. La cazaron “in fraganti” y la levantaron de los pelos. Muchos suelen traducir ese texto más o menos así: “le trajeron a una prostituta”. Es obvio que serle infiel al marido no es lo mismo que ejercer la prostitución. Aunque en tiempos de Jesús se podía considerar adúltera a cualquier mujer que estuviese en compañía de un hombre que no fuese su esposo. Si bien en esa época no había fotógrafos, había hipócritas que esperaban que una mujer se acercara a un varón -aunque fuese para hablar- para ¡clic! disparar el flash de sus conciencias roñosas. En eso estaban cuando le tiraron el problema a Jesús. “¿Qué hacemos? La ley manda matarla a piedrazos. ¿Vos qué decís?” Y dicen que dijo: “quien no tenga pecado arroje la primera piedra”. Todos conocemos el final de la historia.
Jesús custodia a la persona expuesta y expone al acusador de las conciencias. No se hace su cómplice ni cae en su trampa. Y se espera de la Iglesia -su comunidad- lo mismo o, por lo menos, algo parecido: que cuide a sus hijos, los perdone y no se deje apurar por quien la amenaza con retirarle sus aportes económicos o le recuerde que su imagen menguará si sigue cobijando en su seno a esta clase de gente sin autoridad moral. Se espera de la Iglesia y -sobre todo- de sus pastores que actúen parecido a Jesús: que sean compasivos y humanos.

6- Otra vez, Jesús estaba comiendo en casa de un fariseo. Simón se llamaba. En eso entró una mujer que se puso a llorar a sus pies; dejaba caer las lágrimas sobre él y las secaba con sus cabellos. ¡Pedile al canal América que publique y explique esa foto! El punto es que Jesús adivinó lo que pensaba su anfitrión: “si este tipo fuese profeta, sabría qué clase mujer lo está manoseando”. Y a Jesús no se la podés dejar picando... “Simón -le dijo- ¿ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lc 7,44-47). ¿No es claro de qué lado se ubica Jesús siempre?

7- Los evangelios no ocultan la profunda distancia que hay entre Jesús y sus discípulos. Para el tiempo de la publicación de los primeros escritos evangélicos (año 70 en adelante aproximadamente) esos protagonistas mezquinos y cortos de entendimiento, enfrentados entre sí y miedosos, negadores y ambiciosos, eran ya profundamente amados y venerados por sus comunidades. Esas mujeres y hombres grandes, asesinados por el Imperio o por el Templo, tuvieron un pasado y una juventud que sus hermanos -por vergüenza- no escondieron ni maquillaron. ¿Qué necesidad había -podríamos preguntarles- de “ensuciar” la memoria de estos grandes personajes? Sin embargo, nunca razonaron así los primeros cristianos. Si se tomaron el trabajo de contarnos estas historias fue que para que nadie, por más machucado que esté en la vida, se desanime y abandone el seguimiento del Señor Jesús.

8- El caso puntual de Pedro no puede dejarse de lado. De entrada, Jesús lo “marca”. Es el único a quien le cambia el nombre. En las “listas” de los que siguen a Jesús siempre aparece en primer lugar. Incluso, es primero entre los tres más íntimos. Se lo describe como impulsivo y medio bocón, pero de corazón sensible. ¿Por qué justo a él confiere Jesús el deber de pastorear? Durante la cena, antes de la pasión, el Señor le dice que, cuando se convierta, confirme a sus hermanos. Y le promete orar por él. ¿No hubiese sido mejor confiar todo a un tipo ya completo y no a éste a medio hacer? De hecho, esa misma noche Simón Pedro varias veces arrugó y cortó todo vínculo con el hombre que lo eligió y ahora iba a la muerte, con quien había convivido y cenado un rato antes. Un fracaso anunciado. Fracaso de Simón y fracaso de Jesús.
El cardenal Martini dice que, luego de la resurrección, Simón no podría de ninguna manera volver a mirar al Señor a los ojos. La humanidad de Pedro tampoco hubiese podido soportar ninguna de las preguntas que nosotros le hubiésemos disparado: “¿Te sentís como para seguir?” “¿Querés volver a casa y abandonar la presión que te ocasiona el seguimiento de Jesús?” “¿Qué pasó, Pedro, que caíste tan bajo?” “¿Querés pensar ahora mejor lo que no pensaste antes?” Nada de esto hubiese podido responder su debilidad. Jesús, que lo conoce y lo ama, fue al hueso, donde Simón era fuerte: “¿Me amás?” “Sí, Señor. Vos lo sabés todo, sabés que te quiero”. “Apacentá mis ovejas”. Lo rehabilita como pastor, porque el perdón en realidad no hace “borrón y cuenta nueva”, sino que devuelve la identidad original.

9- El pastor no es una persona que jamás cayó, sino un hermano que entiende en su propia carne el alcance transformador de la misericordia del Señor Jesús. ¡Ese es su testimonio más poderoso! Cuando esté tentado de tomar alguna piedra para tirársela a alguien, el Señor simplemente le recordará que él lo amó cuando su vida aún no tenía sentido; por eso espera que haga lo mismo con sus hermanos. Dicho de otra manera: no puede ser pastor de la comunidad quien nunca experimentó el perdón. El de Dios y el de sus hermanos.
Sobre la cuestión de Fernando, algunos obispos hicieron declaraciones públicas. Insistieron en la falta de coherencia y prudencia. Pero no pronunciaron en ningún renglón del comunicado oficial la palabra “perdón”. Sobre llovido, mojado... Digamos que Fernando, expuesto en la plaza pública y ante los ojos de todos, de a poco, a los manotazos, pidió perdón públicamente. Pero nadie lo perdonó públicamente. ¿No es grave eso en la Iglesia? Para poner del otro lado de la balanza, es cierto que hubo un comunicado aclaratorio acerca de cómo se manejan los recursos Cáritas, Institución presidida por Fernando hasta el año pasado, sobreseyéndolo de todo tipo de responsabilidad. También es cierto que muchos medios publicaron el profundo afecto que la gente de su diócesis le sigue teniendo.

10- ¿Cuál es el problema que está detrás de todo esto? Si alguien pecó -o parece que lo hizo- y pide perdón por ello, ¿no es bueno que encuentre reconciliación y vuelva a empezar? Si llegado el momento concreto de la rehabilitación existencial los hermanos no encuentran perdón, ¿qué sentido tiene el discurso de la misericordia? ¿Qué sentido tiene la Iglesia? Termina siendo una farsa orientada a una élite tan impecable como soberbia. El padre Bruno Lanteri discutió muchísimo con los rigorismos morales de su época, reeditados en la actualidad en “neojansenismos”. Para él las cosas eran muy sencillas: si pensás seguir al Señor, da por supuesto que vas a pecar y mucho. Sin pecar, lo vamos a servir en la otra vida: acá no. Y si caés, cuidate mucho de esa fina soberbia que te susurra al oído que no vas a poder superarte: levantate. Decí “ahora comienzo” y caminá.

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